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La Tecnología lo ha Hecho Viable
El Kitsch, Estética de la Superabundancia

A través de los medios masivos de comunicación, se ha convertido en una realidad omnipresente en la vida contemporánea

Por Francisco Castillo Vargas

La ingenuidad y la cursilería de la pretendida función cultural, el mal gusto de las exposiciones sistemáticas, el sentimentalismo autocomplaciente de la mera opinión personal y el objetivo de la divulgación de esquemas puramente ornamentales son elementos característicos de ese heterogéneo proceso cultural que se denomina kitsch.

No obstante, si seguimos los principales argumentos respecto al tema comprobamos la funcionalidad del kitsch como categoría básica para entender la cultura tecnológica contemporánea. De ahí que resulta necesario no sólo confirmar nuestra sensibilidad esencialmente kitsch, sino intentar una comprensión más explícita del asunto.

Al parecer, el kitsch se ha convertido en una realidad omnipresente en la vida contemporánea. El kitsch existe como sensibilidad y carácter, vive como hombre-kitsch, como individuo que produce y necesita el sentimentalismo cursi y el mal gusto estético.

El kitsch existe también como serie interminable de objetos ornamentales y creaciones seudoartísticas, como multitud de estilizaciones y símbolos sincréticamente aprovechados por la publicidad comercial o la propaganda política. El kitsch existe, en fin, como proceso cultural adulterado por la aplicación intencionada de la psicología de masas.

El término kitsch aparece por primera vez en círculos artísticos de Munich alrededor de 1870, pero la profundización de este concepto banal se inicia hasta 1930. El siglo XX, acelerado por las transformaciones socio-culturales de la tecnología, se convirtió en el siglo del hombre kitsch; la comunicación masiva inició un proceso de falsificación global del arte y de la cultura, donde el kitsch representó la falsedad, la imitación de mal gusto y de sensibilidad cursi.

La sociedad tecnológica generó el kitsch como estado de ánimo, como necesidad psicológica del hombre moderno, como sensibilidad inducida por la comunicación y la cultura de masas. La cursilería sentimental y el mal gusto, en tanto estados de ánimo ética y estéticamente que se saben a sí mismos falsos, son disposiciones subjetivas íntimamente ligadas a la posibilidad artística.

El placer kitsch es un placer reflexivo en donde se goza de la emoción propia, en donde se contempla y se exalta el sentimentalismo para lograr el autodisfrute, el placer que produce la contemplación de los propios sentimientos. La vivencia kitsch es inauténtica y falsa; asimilación del objeto sólo en sus efectos agradables y búsqueda de la autocontemplación como sujeto sentimentalmente satisfecho y estable.

El afán de lograr sentimientos totales y definitivos, el afán por estabilizar una sensación de bienestar absoluta Ðque ha llevado al hombre a buscar todo tipo de estímulos artificiales- es un afán esencialmente kitsch. Y por otra parte, por su inseguridad crónica, la sensibilidad kitsch se esfuerza por aparentar la solidez de los valores en que se apoya, por eso el estado de ánimo kitsch es siempre representación exaltada de los ideales trascendentes: nostalgia del pasado, curiosidad por lo exótico, amor a la belleza, apego a la honestidad y la rectitud.

Frente a la aspereza y la inaccesibilidad de la obra de arte auténtica, el objeto kitsch es esencialmente llamativo, accesible, exhibicionista, superabundante en efectos calculados, disfrutable y decorativo, prototípico en cuanto a su afán de convertirse en símbolo sensacional y fácil.

En el perfeccionamiento tecnológico de la comunicación masiva, el periodismo, el cine la radio y la televisión se han conformado como industrias del kitsch, como instrumentos promotores de la sensibilidad kitsch y como satisfactores totales de la demanda masiva de kitsch. Un fenómeno estético marginal como lo era el kitsch, ha cobrado funciones directrices en la política cultural masiva que la tecnología ha hecho viable. Y es que el kitsch es una manipulación intencional para dominar y eliminar la auténtica cultura de masas.

No deja de ser indispensable, por tanto, una crítica de la industria del kitsch, a fin de proyectar una posible cultura nacional de masas.


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