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El Jefe de Empresa Como Filósofo en Acción Por Francisco Castillo Vargas Es más difícil y fatigoso actuar que negar. Muchos de los que denigran una acción se saben incapaces de ella o no quieren correr el riesgo de un fracaso. Hace falta más valor para comprometerse en una empresa real que para negar toda empresa, y casi siempre es más fácil decir que no. A la inversa, la acción por la acción, el salto en el absurdo que conduce a lo imprevisto, no es tampoco una acción verdadera. La auténtica acción es una serie de movimientos que tienden a un fin; no la agitación con que tratan algunos de hacer creer a los demás que son fuertes y eficaces. El filósofo no se plantea problemas imaginarios. Se plantea problemas concretos, es decir, busca una eficacia valedera. A la crítica de la acción y de sus fines se añade la voluntad de realizar lo que se ha hallado justo. Si esto es así, la afinidad entre la posición del filósofo y la del jefe de empresa no es tan paradójica como pudiera parecer. De
Platón a Descartes Evidentemente, Platón habla del jefe del Estado. Pero para un griego de su época, la acción política era la forma más perfecta de actividad. En realidad, él quiso hacer una filosofía del hombre de acción. Podríamos decir algo muy semejante de Descartes. Cuando este filósofo escribe que la sensatez es la cosa mejor repartida del mundo, quiere decir que todos los hombres tienen una disposición natural a ser esclarecidos por la evidencia. Basta, para recibirla, con "volver el ojo del alma" en la buena dirección. Para tener acceso a este conocimiento claro y distinto, hacen falta virtudes prácticas y un feliz equilibrio de generosidad y de prudencia. Cuando se trata de la verdad, Descartes nos pide que seamos muy exigentes, que no nos contentemos más que con evidencias indiscutibles y que llevemos la crítica lo más lejos posible. Pero cuando se trata de la acción práctica, nos aconseja prudencia. La inteligencia cartesiana es exigente en cuanto a las pruebas, pero conoce sus límites, y el terreno de acción práctica indica el valor de la constancia y de la prudencia. Es muy peligroso destruir los equilibrios existentes antes de saber exactamente con qué contaremos para sustituirlos. Acaso tengan graves imperfecciones, pero tienen al menos la ventaja de existir y por consiguiente de ser viables. Si echamos abajo todo esto de una manera desconsiderada, no seremos esos hombres razonables a los que Descartes piensa abrir el camino. Descartes, como hombre emprendedor con sentido común y práctico, no quería pasar a las aplicaciones hasta después de haber examinado con detalle las condiciones y las consecuencias y haber efectuado la enumeración completa y general de las dificultades. Salto
a lo Contemporáneo Por otra parte, el afán de resolver cierto número de problemas dados en una fecha determinada, es lo que hace trabajar al jefe de empresa. Vive en el tiempo. Está bajo la amenaza de algo muy grave que se producirá inevitablemente en cierto momento si no pueden ser satisfechas ciertas condiciones. El jefe de empresa moderno es cada vez más el primer servidor de su empresa. Este sentido de responsabilidad hacia la empresa difiere según los individuos, pero es un sentimiento que, en general, existe en el mundo de hoy con una fuerza y con una claridad que no tenía hace diez años. La empresa adquiere así la significación de un grupo al que une una misma finalidad, que tiene su vida propia y que exige ciertos actos de quien lo manda. El deber de un jefe está inscrito en la conciencia de sus colaboradorees: éstos esperan de él que dedique todas sus fuerzas, toda su alma a la empresa, que se entregue a la empresa como ellos, más que ellos. En una empresa moderna, el jefe se siente cada vez más moralmente responsable hacia la totalidad de su personal, e incluso, en cierta medida, hacia los clientes. Pero el jefe de empresa se siente también responsable, más ampliamente, hacia la comunidad nacional. Los acontecimientos externos influyen sobre la vida de su empresa; de este modo se ve inducido a reflexionar sobre las consecuencias que su propia acción tendrá en el exterior. El
Hombre Sinóptico El verdadero filósofo aspira a explicar claramente y, antes que nada, a ver claro él mismo. Los jefes de empresa también tienen necesidad de ver claro. Están obligados a enterarse de las cosas, a contar con informadores capaces de exponer en forma clara y precisa lo que tienen que decirle. Junto a esta necesidad de claridad y de información, que hace que filósofos y jefes de empresa tengan igualmente necesidad del análisis, se encuentra en ellos un mismo afán de totalidad y de coordinación, una misma necesidad de síntesis El filósofo, según la definición de Platón, es un hombre "sinóptico"; debe ser capaz de abarcar de una sola ojeada los diversos elementos de una situación. Pretende coordinar la acción de las potencias del alma en la vida individual como la de los diferentes grupos de ciudadanos en el gobierno de la ciudad. Ahora bien, Àhay tarea que sea más directamente de ese tipo que la de los empresarios? Tienen que luchar contra la tendencia de cada célula de su empresa a desarrollarse por su propia cuenta. De la misma manera, hay que controlar y moderar al ingeniero que quiere las máquinas más perfectas y al hombre de publicidad que no piensa más que en sus carteles, en sus anuncios, y que absorbería, si le dejaran, todo el capital de la empresa. Bien reguladas, todas esas actividades son la vida de la empresa. Mal reguladas, la llevarían a la ruina. El jefe es el que coordina. Como el filósofo, el jefe de la empresa se dirige a los hombres. No lo hacen exactamente de la misma manera uno y otro. Sin embargo, las semejanzas no son desdeñables. El filósofo no impone nunca nada, se limita a proponer. No cedemos nunca a él, sino a sus razones. El jefe está siempre obligado, en determinados momentos, a imponer su voluntad, pero asimismo debe también comentar sus decisiones. Por otra parte, en el filósofo, como en el jefe de empresa, hay una misma preocupación por las relaciones humanas. De ahí que el empresario haya adquirido conciencia no sólo de la complejidad de sus problemas, sino también de los deberes que se le imponen confiriéndole una función moral. El hombre de acción es siempre, pues, el hombre del compromiso; sabe que la empresa es necesaria, o más bien sabe que hay que hacer algo y que en las condiciones en que está situado lo que hace es lo que le parece mejor. |
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