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No es Sólo un Medio de Comunicación
El Teléfono: Un Arte de Hablar y Saber Escuchar

Este aparato ha llegado a jugar el papel de un enigma, de un personaje incluido en la vida doméstica y aceptado con la inquietud de una esperanza remota

Por Francisco Castillo Vargas

En la vida urbana, "todos" tienen teléfono. Si alguien, en la vida de la ciudad, es sorprendido sin teléfono se apresurará a explicar que "no tenemos, pero ya lo hemos pedido". Estar sin teléfono ocasiona un desasosiego radical, una deficiencia que se estima como un infortunio, mueve a lástima, se confunde con la penuria o la enfermedad y provoca vergüenza en quien la padece.

Tener teléfono ha supuesto -en un largo periodo que se remonta al siglo pasado- un trazo de prestigio y de poder, pero carecer de él actualmente es un signo que deteriora el valor de la vivienda y de sus habitantes. Ocupar una casa sin teléfono impide desde luego esa amplia comunicación hacia fuera, reduce la escala de influencias a distancia, obliga al desplazamiento rudimentario o incluso a esa humillación de pasar al piso del vecino para pedir un favor demasiado antiguo.

Tales limitaciones, con todo, no son las de mayor padecimiento. Lo peor es acaso el descrédito que en la economía social del signo se sufre por no recibir llamadas.

Carecer de teléfono es hallarse en el substrato de la comunicación y nada hay más menesteroso en la civilización telefónica que una casa sin llamadas. La ruina moral , psicológica y económica la expresan con toda lucidez algunas viudas: "mire, a esta casa ya no llama nadie..."

Por el contrario, pocas situaciones procuran una más inapelable sensación de hallarse instalado que la abundancia de sonidos telefónicos. El grado de afirmación social de un individuo se encuentra, pues, en buena parte vinculado al símbolo de utilizar más o menos el teléfono, pero, a la vez, su galardón proviene menos de hacer llamadas que de ser llamado.

Quien debe realizar muchas llamadas en un día puede ser un tipo muy ocupado, pero es por esa misma ocupación un peticionario. Contrariamente, quien recibe muchas llamadas es un tipo requerido, disfruta de la opulencia de hallarse en la necesidad de los otros y puede, a expensas de ese entorno, permitirse el lujo de anhelar Ðsaturado de la comunicación que a otros falta- un lugar de vacaciones donde sobre todo no exista el teléfono.

Igualmente, en un mundo no necesariamente profesional, el ama de casa, rica en ascendencias sentimentales, puede decir: "este dichoso teléfono no le deja a una hacer nada" pero, en verdad, ella misma se demora en el auricular y cultiva esa afición como una fuente de prestigio.

El Arte de Hablar por Teléfono
Existe un largo surtido de relaciones emocionales con el teléfono. En efecto, el teléfono no es sólo un medio de comunicación, sino un objeto y hasta un órgano animado que impone una interacción dramática. Hay personas, no necesariamente atávicas, que temen u odian hablar por teléfono, otras que no pueden hacerlo sin encerrarse a solas en un cuarto y, otras, en fin, adictas a los vicios y fantasías de este aparato.

La especificidad de la acción telefónica se pone de manifiesto en la potenciación o debilitamiento de sus virtudes que ante el teléfono experimentan sus usuarios. El arte de hablar por teléfono reclama, más allá de fórmulas de cortesía apropiadas, ciertas inflexiones de voz, silencios de aplomo y contrapeso y algunos elegantes merodeos para una distinguida locución distanciada.

Dominar el teléfono exige además un arte de decir y saber escuchar diferenciado y creador, capaz de propiciar positivamente la construcción de la imagen personal que el otro hace de nosotros y de elaborar acertadamente mediante escasos indicios la verdad más aproximada del escenario y la intención que encubre la no infrecuente e instituida falsedad telefónica.

Todo ello, que reclama una tensión y concentración singular, explica la habitual tendencia a encender el cigarro antes de marcar un número o la costumbre de pedirlo agitadamente ya mientras se desarrolla la llamada. También ese impulso a garabatear mientras se está hablando, remover algo, rascarse el cogote o la frente, pinzarse la nariz, lanzar miradas al techo, tamborilear los dedos o reacomodarse en el asiento. Ponerse al teléfono es en verdad "disponerse" para una representación particular y de naturaleza específica.

La gente distingue entre "decirlo por teléfono" y "decirlo personalmente" como si la primera comunicación se estableciera no exactamente de persona a persona sino, en todo caso, entre "cuasi personas" o personas abreviadas a las que, cuando el mensaje es grave, no es posible decirles "todo" lo que hay que decirles.

ÀUn Aparato Mendaz?
Los primeros teléfonos domésticos, que se colocaban preferentemente en la pared, hacían hablar de pie y como estableciendo la comunicación natural a la altura de la boca y el oído. El otro se encontraría situado del mismo modo, de forma que una línea imaginaria horizontal simularía (como hacen en las películas) una conversación entre los dos lados de un supuesto tabique.

Escudado tras él, cada interlocutor puede y siente la tentación de decir unas cosas y desajustar sus gestos, hasta negar o rebajar con ellos lo que dice. En el otro lado el usuario es una víctima o a su vez un correcto jugador de la falacia. Sin olvidar la sinceridad de otros usos francos el teléfono lleva en sí el germen del disimulo y la mentira.

Existen, de hecho, convenciones benévolamente aceptadas de la mendacidad y la falsa promesa ("ha salido", "está en el baño", "le llamaremos") que conforman, entre los ritos sociales, una liturgia del despecho y la exclusión insoportables. Porque, se sabe íntimamente, el teléfono es uno de los artificios más eminentes de la vida social adulta.

De hecho, la seducción que muy temprano sienten los niños por el teléfono no es una arbitrariedad infantil más. Los niños alcanzan a adivinar que ese aparato les hará mayores y que, con su uso, ingresarán en un orden superior más adornado.

Sin embargo, los niños tienden muy poco a colgar el teléfono una vez manoseado; ignoran la operación de cortar la comunicación. Recuerdan en su proceder el peculiar comportamiento de los amantes telefónicos que se dicen "bueno, cuelga ya", "no, cuelga tú primero", "tú primero, anda", y prolongan los últimos silencios "aún sigues ahí" en una estética de la comunicación romántica ampliamente cultivada por el cine.

Todo un Personaje
ÁAlguna vez ha interrumpido usted una conversación colgando violentamente el teléfono? Sobre las modestas vicisitudes de la cotianidad, la zozobra de ser "colgado" es tan grande que apenas se reanuda una comunicación interrumpida accidentalmente los interlocutores se precipitan recíprocamente a aclararse que "se ha cortado".

Los individuos pueden, en la interacción presencial, infligirse desaires mutuos mediante la técnica de retirar el saludo o volver la espalda, pero todos estos ritos son incomparables al golpe de colgar el teléfono.

Este aparato ha llegado a jugar el papel de un enigma, de un personaje incluido en la vida doméstica y aceptado con la inquietud de una esperanza remota o de una tragedia. Es también la ambigüedad reposando sobre su mesita particular como un ser urgente y principal que habita entre nosotros. Toda conversación, cara a cara, se pospone una y cien veces si es el teléfono quien llama. La gente salta del baño. Abandona el trabajo y la comida, se atropella por llegar pronto porque el teléfono suena.

Y esta prioridad absoluta hoy es más evidente a partir del don de ubicuidad que permite el teléfono celular.


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