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La Aventura Humana: Cultura y Civilización

Por Francisco Castillo Vargas

La cultura y la civilización no estriban simplemente en hechos. Estriban en valores.

Sea cual sea el fundamento que den los filósofos a los conceptos de "verdad", de "bien", de "utilidad", de "justicia", es un hecho incontestable que todo hombre -cuando conoce y piensa- busca la verdad; que todo hombre

juzga los actos en función de una idea del bien y del mal, como quiere asimismo que todos los medios que emplea sean útiles y que todas las cosas que contempla sean bellas. Al perseguir todos estos valores, tiene el sentimiento de ser verdaderamente un hombre y de cumplir su misión.

Ahora bien, si consideramos los diferentes valores, podemos comprobar que existe entre ellos una diferencia que no siempre ha sido suficientemente advertida: algunos son universales; otros, al contrario, son personales.

Dentro del primer grupo encontramos los valores de la Ciencia, de la Técnica y de la Moral.

La verdad es universal. Es aquello que puede hacérsele evidente a todo hombre razonable, de buena fe y bien informado. Así pues, es la misma para todos: exactamente la misma, y no sólo "poco más o menos", sino la misma. Hablar de la verdad equivale a hablar de la unidad de la verdad.

Otro tanto sucede respecto a la técnica. Su eficacia depende de condiciones objetivas y no de apreciaciones subjetivas. Una vez precisadas estas condiciones, las mismas reglas valen para todos los hombres, cualesquiera que sean sus orígenes, sus creencias o sus ideas políticas. Es natural, por otra parte, que ciencia y técnica tengan la misma ley, ya que esta última no hace más que aplicar a la realización de nuestros fines los conocimientos que la primera ha podido establecer.

De una manera completamente análoga se impone a todos el deber. La idea misma que sirve de base a toda moral es que quien reflexiona sobre los actos que debe realizar se niega a todo privilegio. Aun cuando la moral en la que cree no conceda los mismos derechos a todos los hombres, queda al menos el hecho de que estos derechos son reconocidos a categorías de hombres, y en modo alguno al solo individuo que es él mismo.

ÀCómo no ver inmediatamente que las prescripciones de la moral öo cuando menos sus reglas fundamentales- deben ser las mismas en el mundo entero, si todos los hombres y todas las sociedades deben efectivamente constituir "un" mundo? ÀCómo sería posible establecer entre los individuos y entre los pueblos relaciones armoniosas y estables, si la libertad de opción, el respeto a los compromisos, el valor de las promesas o los derechos imprescriptibles de la persona tuvieran significaciones diversas según los lugares y las circunstancias?

Valores en Combate
Mientras que la universalidad de la ciencia y de la técnica no es controvertida más que por un número insignificante de hombres que nadie toma en serio, la universalidad de la moral sin ser más ampliamente negada, suscita apelaciones diversas y hasta opuestas. La experiencia en esto es difícil de reconocer y de interpretar. Cada pretensión a la universalidad de una moral tropieza con pretensiones análogas por parte de aquellos que abogan por otra distinta. Aquí es indispensable la unidad, pero ésta no se ha conseguido todavía.

Frente a estos valores universales, hallamos valores personales, para los cuales la diversidad no constituye un obstáculo que superar o una imperfección que eliminar, sino una condición natural y fundamental de su existencia. Nos referimos aquí a las artes y las letras. Para estas actividades del espíritu y para los valores que persiguen, las particularidades de la situación no pueden ser eliminadas, como sucede en el caso de la ciencia y la moral.

La personalidad de un sabio no tiene nada que ver con las verdades que éste establece. Puede actuar en la serie de estos actos humanos individuales que constituyen la investigación de la verdad, pero no interviene en la prueba. Un sabio no tiene "punto de vista". Las proposiciones que enuncia son aserciones demostrables o hipótesis a verificar; nada más. Al contrario cuando oímos una sinfonía de Beethoven o contemplamos un cuadro de Rembrandt, descubrimos el mundo a través de la sensibilidad de uno o de otro. Ahora bien, toda sensibilidad está ubicada y tiene una naturaleza particular.

El sabio lucha contra el error, el técnico contra el despilfarro, el moralista contra la injusticia o la crueldad. Este combate les es impuesto por la universalidad misma de los valores. Al contrario, un artista no combate a los que siente el mundo de manera distinta que él. O si esto le acontece, combate como hombre y no como artista. Su obra no tiene ningún carácter polémico.

El tiempo de la ciencia es un tiempo abstracto. El del arte es concreto y sensible. El arte está ubicado por esencia. Su materia está hecha de percepciones, también está vinculado a un cuerpo. Una razón "pura", una inteligencia "pura" le vaciarían de toda su materia. Cuando el arte tiende a la pureza, no lo hace en olvido del cuerpo, sino haciéndole producir una obra de una calidad especial.

ÀQué relación pueden tener estas consideraciones acerca de los valores con las ideas de cultura y civilización? La civilización está hecha de valores universales, mientras que la cultura estriba en los valores personales.

La Esperanza
La historia nos enseña que los valores de la cultura y los de la civilización distan mucho de estar vinculados entre sí por relaciones constantes. La distinción entre cultura y civilización nos permite obrar con más seguridad y eficacia en las relaciones internacionales. El desarrollo de las comunicaciones y la complejidad de la economía moderna hacen que todos los pueblos dependan ahora unos de otros. Pero están relacionados sin estar verdaderamente unidos.

Se repite con frecuencia que el equilibrio que hay que instaurar entre ellos debe asegurar su unidad respetando su diversidad. La fórmula es exacta, pero carece de contenido mientras no se concrete lo que debe ser igual y lo que debe permanecer diferente. La distinción de la civilización y de la cultura permite determinar este contenido.

Si extraemos de ello todas las consecuencias, nos llevan a reconocer que la civilización exige la identidad y no solamente la similitud o la analogía. Nos muestran también que las culturas, por su diversidad esencial, mantendrán los valores originales propios de cada pueblo o de cada sociedad.

La civilización podría suministrarnos por sí sola los medios de establecer la paz; pero lo haría en cierto modo desde el exterior. Tenemos que vivir juntos y trabajar juntos. De manera que es preciso que podamos comprender nuestros procedimientos respectivos, utilizar los mismos conocimientos, aceptar las mismas reglas generales para determinar nuestra conducta.

Pero no vivimos por existir, sin más ni más, como si fuéramos cosas. Vivimos para la felicidad, para la perfección, para la amistad. Aquí la cultura es indispensable. La cultura puede darnos los medios para hacer que reine una paz verdadera, que no consista solamente en la ausencia de guerra, sino en la alegría de vivir unos con otros. Las culturas se influyen unas a otras, como personas vivas empeñadas en un coloquio cuyo valor estriba totalmente en que cada cual estima y respeta a su prójimo.

Evidentemente, la cultura no basta a procurar esta alegría profunda. El arte es sólo una promesa y la sabiduría viene de más alto. Pero de esta plenitud que no basta a depararnos, la cultura puede trasmitirnos cuando menos una nostalgia bastante poderosa para que se afirme nuestro valor y para que, con todas las dificultades del camino, no perdamos nunca la esperanza.


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