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Peldaño que nos Conduce a lo Inaprehensible
¿Para qué Sirve el Sueño?

Cuenta más que ninguna otra cosa para la historia de la memoria del olvido, que se recrea noche a noche

Por Francisco Castillo Vargas

Al asistir al banquete que Agatón había preparado, Sócrates es interrogado por su anfitrión:

-Ven, siéntate a mi lado -le dice Agatón-, que quisiera contagiarme de la sabiduría que has procurado.

Como si la osmosis funcionara de cerebro a cerebro, Sócrates le contesta:

-Si el pensamiento fuera de esa naturaleza, sería yo elafortunado por estar cerca de ti, porque me parece que me llenaría de buena y abundante sabiduría que tú posees, la mía es algo mediocre y equívoca, por decirlo así, un sueño.

Sí, el pensamiento es como un sueño, pero no el de la razón que engendra monstruos, sino el sueño de la legítima iniciación. Pensamiento y sueño son el peldaño de la escalera metafórica que nos conduce a la experiencia interior.

Las referencias a los sueños existen en toda la literatura y cuentan en la historia de las sensibilidades. Después de todo, un sueño no es más que un sueño, pero también es la mitad del tiempo de nuestra efímera existencia. Dormimos para poder soñar. El estado de sueño, con producción de imágenes mentales, es un tercer estado del cerebro, diferente al de dormir o al de estar despierto. Quizá Calderón de la Barca pensó la frase más acertada, sueño es vida, y los sueños sueños son.

Y es que el sueño en cualquiera de las formas que se quiera analizar, inevitablemente despierta en cada uno de nosotros la sensibilidad por lo inaprehensible. El sueño nos introduce en las penumbras de nuestra propia historia, es siempre como el eterno retorno sobre uno mismo, sobre el Yo y sobre el Otro. El sueño cuenta más que ninguna otra cosa para la historia de la memoria del olvido, que se recrea noche a noche.

Los sueños, dice Freud, no son el inconsciente, pero sí su camino real. Revelan esa parte entrañable de nuestro paso vital, de manera paradójica, ya que sueño es vida y también renacimiento de lo ya vivido. El sueño nos muestra las imágenes más simples y aterradoras en una pesadilla. Sin embargo, lo que descubre es lo que el niño aprende cotidianamente, sus prohibiciones, sus temores y sus miedos.

Los sueños son como la noche, es decir, como espacio negro del deseo. Sueño y deseo difícilmente pueden separarse. El deseo del sueño es esa parte indescriptible que nos procura el enamoramiento súbito o la pérdida inmediata de las amarras de conciencia, como suele suceder en una borrachera. Me embriago de sueño, despierto de deseo. La elaboración del sueño está alimentada por el deseo.

El grito del deseo surge de la noche que se ha encendido en llamas. La sensación de ir descendiendo estrepitosamente se apodera de uno y -como Alicia en el país de las maravillas- uno no puede detenerse. El sueño nos arroja al insalvable abismo de nosotros mismos. El placentero antesueño se ha desvanecido para ceder al capricho de una tormentosa velada.

El deseo del sueño nos corroe, trata de conducirnos a la cueva más cercana. Adormecemos. Olvidar todo lo que precede, dice Beckett, a quién le importa si el dentista sigue sacando muelas.
El deseo se nomadiza en el sueño, corre, corre, se va al abismo de la noche, escandaliza a los pensamientos inertes y abre su abanico de múltiples reproches.

El sueño es quizá como la escritura, es decir, como el juego jugado con la realidad inaprehensible, lo que nadie ha podido hacer jamás es encerrar el universo en proposiciones concretas y plenas.

Sueño y el deseo de regresar al escándalo del mismo, no tiene un objeto determinado. Entonces, ¿para qué sirve el sueño? El sueño sirve ante todo al deseo de dormir.

El largo adormecer nos desanima. La sensibilidad y la realidad ñ la realidad de nuestra demanda de felicidad- son el aceite y el agua de la vida.

Desde donde nos ubiquemos, nuestro testimonio seguirá contando, pero no para la objetividad y la historia; contará para la vida y, como novios de ésta, tendremos que decirle, irreductiblemente, ¡sí, te quiero!.


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