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Todos nos Atrae, Siempre y Cuando sea de la "Buena" Aquellos que van en su busca Ðes decir, que apuestan al azar-, asumen tal acción como lo que los conduciría a poseerla, pero Àno se trataría más bien de convertir tal movimiento en un puro deseo de jugar? Por Francisco Castillo Vargas La suerte no es más que otro nombre para el azar. Buena, mala, aún es suerte y, siempre, buena suerte. Lo mismo ocurre con la gracia que, a veces, es desgracia sin renunciar a la extrema buena gracia que debe a su "trascendencia". "Tengo suerte" quiere, por lo tanto, decir: "Tengo azar". El azar Ðo la suerte, o la gracia- es introducido de esta forma bajo la jurisdicción de otra ley. "Tengo suerte". Fórmula fuerte, pues la suerte desposee y desapropia. Lo cual, Ájugador que pretendes hablar en nombre del juego!, vendría a decir: poseo lo que desposee, siendo la relación de desposesión. Lo que viene a decir que no hay suerte para la suerte y que la única suerte residiría en esa relación anónima que, a su vez, no podría ser llamada suerte o sólo aquella suerte que no acaece, y con la que lo neutro jugaría dejando que ésta se burle de él. La suerte mantiene una relación digna de mención no sólo con la ley. Con el deseo, tiene y no tiene la misma relación ambigua. Por un lado, esto es algo que no puede sorprendernos ya que tan pronto, y a la vez, la ley pretende que el deseo sólo puede darse en el espacio de juego hacia el que ella lo atrae con la baza del entredicho, como tan pronto, y a la vez, el deseo pretende convertir la ley en su juego o su juego en su propia ley o, asimismo, la ley en el mero producto de una falta o disminución del deseo. Lo que, no obstante, conduce a la misma pregunta: ÀAcaso no sería el deseo ya siempre su propia carencia, el vacío mismo que lo haría infinito, carencia sin carencia? Pero, por otro lado, suerte y deseo están lejos de poder intercambiarse. El deseo siempre está dispuesto a afirmar que la suerte no se da más que gracias al deseo y que el deseo es la única suerte: lo cual es conforme a la "ley" del deseo y a lo que queda de ley en el deseo Ða lo que queda de no deseante. En cuanto a la suerte, aunque no renuncia a la relación con la pasión mortalmente deseante, afirma esto de otro modo: el deseo debe desear la suerte, sólo así es puro deseo. Sin embargo, la suerte se burla de nosotros por medio de lo que la nombra, salvo si, en el mismo movimiento, "consiguiéramos" burlarnos de ella. Cuando se escribe: "Escribir es buscar la suerte", el que lo escribe se enfrenta, con la inconveniencia propia del caso, a todo el vigor de las oposiciones no controladas, pues, en primer lugar, hay que escribir esto y, por lo tanto, establecer, por medio de la proposición que abre la afirmación de escritura, una relación de suerte siempre secreta. Y como la suerte es lo que no se busca, se trata de convertir la búsqueda no ya en el movimiento que conduciría a la suerte, sino más bien en la baza de la suerte, aquel círculo cerrado no cerrado del juego en el que reina la suerte sin ley con el estricto rigor regulado, no obstante, que delimita el espacio en el que la escritura entra en juego cuando, al buscar la suerte, no la logra nunca más que como aquello que, a su vez, busca la escritura para su suerte. Escribir es buscar la suerte, y la suerte es búsqueda de escritura si sólo es suerte con la marca que, de antemano aunque de forma invisible, responde a la línea de demarcación Ðel intervalo de irregularidad en donde suerte-mala suerte, juego-ley quedan separados por la cesura nula o infinita y, al mismo tiempo, intercambiados pero sin relación de reciprocidad, ni de simetría, ni siquiera de medida. La suerte está a la búsqueda de la escritura; lo que se halla bajo la forma de escritura es, por "dicha", la mala suerte, la caída, los dados lanzados sin fin para no caer más que una vez (tachando, en esa única vez, la unidad, la totalidad de los golpes de suerte), puesto que, al caer y sólo al caer, conceden la marca. La suerte es el nombre con el que el azar nos atrae a fin de que no seamos conscientes de la multiplicidad no calificable en la que nos pierde y sin más reglas que las que siempre lanzan de nuevo lo múltiple como juego: el juego de lo múltiple. Juego cuya apuesta, al suprimir aquello que separa a la suerte de la mala suerte, consiste en volver a lanzar incesantemente la pluralidad. Jugar, entonces, es jugar contra la suerte y la mala suerte Ðla lógica binaria- a favor de la pluralidad del juego. Pero Àjugar? Sí, jugar, incluso aunque no podamos. Jugar es desear, desear jugar. |
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