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Cultura y Tecnología

Es preciso superar los viejos términos del determinismo tecnológico y del pesimismo cultural

La alta tecnología puede muy bien distribuir la baja cultura: no hay problema. Pero la alta cultura puede persistir con un bajo nivel de tecnología: así fue producida la mayor parte de ella.

El pensamiento actual acerca de las relaciones entre la cultura y la tecnología llega mayoritariamente a este tipo de conclusiones plausibles pero desesperanzadas, y se detiene.

En una época en que se está produciendo una importante innovación tecnológica en la producción y distribución culturales y en los sistemas de información de todo tipo, es esencial superar esos viejos términos.

En los primeros años de vida de cualquier tecnología genuinamente nueva es especialmente importante liberar la mente del habitual determinismo tecnológico que, de manera casi inevitable, se produce junto con ella.

El supuesto básico del determinismo tecnológico consiste en que una nueva tecnología -una cámara fotográfica o un satélite de comunicación- “surge” de los estudios y experimentos técnicos. A continuación, transforma la sociedad o el sector en que ha “surgido”. “Nosotros” nos adaptamos a ella porque se trata de la forma moderna de hacer las cosas.

Sin embargo, prácticamente todos los estudios y experimentos técnicos se realizan dentro de las relaciones sociales y las formas culturales ya existentes, y lo normal es que se realicen con finalidades ya en general preestablecidas.

Además, un invento técnico como tal tiene una significación social relativamente pequeña. Sólo cuando es seleccionado para ser objeto de inversiones destinadas a la producción, y cuando es desarrollado conscientemente con fines sociales particulares -es decir, cuando pasa de ser un invento técnico a ser lo que propiamente puede llamarse una tecnología disponible-, empieza a adquirir su verdadera significación general.

Estos procesos de selección, inversión y desarrollo obviamente participan de las características sociales y económicas generales propias de las relaciones sociales y económicas existentes, y están diseñadas para usos y aprovechamiento particulares dentro de un ordenamiento social concreto.

Así pues, la situación real no está tecnológicamente determinada. La idea de que alguna nueva tecnología es inevitable es producto de la publicidad abierta y encubierta de los intereses implicados. Pero en la práctica se ve poderosamente auxiliada por una especie de pesimismo cultural. Las raíces del pesimismo cultural son profundas. El argumento relativo a las tecnologías y las instituciones sólo constituye un primer nivel.

A primera vista se hacen simplemente predicciones aterradoras basadas en prejuicios fácilmente estimulados contra toda maquinaria desconocida. Periódicos, revistas populares, cine, radio, televisión, libros de bolsillo, cable y satélites: cada nueva fase se ha anunciado como un inminente desastre cultural. Pero también hay fases de asentamiento, en que las tecnologías antes innovadoras son absorbidas y sólo las nuevas formas subsiguientes constituyen una amenaza. Al mismo tiempo, no queda claro si son sólo las tecnologías lo que se rechaza.

A partir de tal objeción, se establece un contraste entre la “cultura minoritaria” y la “comunicación de masas” que se presenta y se desarrolla en cada estadio de las nuevas tecnologías culturales. En cada fase particular, ese contraste se traduce en objeciones contra una nueva tecnología, pero su base es siempre una posición social y política.

Así, en nuestro tiempo, un rasgo importante de los nuevos sistemas es que brindan la oportunidad de establecer nuevas relaciones culturales que los antiguos sistemas no podían ofrecer.


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