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Clave en la Transición de la Sociedad Industrial a la Sociedad Informática
La Ley del Rendimiento Creciente

Por Francisco Castillo Vargas

La informátiCApermite y acelera el advenimiento de una sociedad de altísima productividad: menos trabajo para una mayor eficacia, y unos puestos de trabajo muy diferentes de los que impone la vida industrial.

Esta mutación ha empezado ya: fuerte disminución de la mano de obra en los sectores primarios y secundarios, alza de los servicios y, sobre todo, multiplicación de las actividades en las que la informática es la materia prima. La acompañarán un cambio de estructura de las organizaciones y una mudanza de las actitudes hacia el trabajo.

Los grandes complejos industriales habrán de regirse por la ley de rendimiento creciente. Para algunas producciones esta ley seguirá vigente y habrá que respetar sus imposiciones, sin hacerse demasiadas ilusiones con los acondicionamentos, la participación y los esparcimientos compatibles con la disciplina que le es inherente.

Las nuevas técnicas, y principalmente las propias de la automatización y la informática, pueden multiplicar los campos en donde la pequeña organización aventaja a la grande. Las tensiones sociales, la entropía y la vulnerabilidad propias de las instituciones demasiado vastas contribuirán a generalizar ese fraccionamiento de la producción: el taller se impon-drá a la fábrica y la filial al conglomerado.

Progresivamente, la industria ocupará un lugar cada vez más débil y muchas de sus implantaciones se fraccionarán. Además, la marcha general de la sociedad exigirá una menor cantidad de trabajo productivo. En términos de volumen global, esta evolución es ineluctable.

La escena social tradicional tenderá a diversificarse a medida que se vaya produciendo la transición de la sociedad industrial, orgánica, a la sociedad de información, polimorfa. Las relaciones de producción no seguirán siendo la única matriz de la vida social.

¿Qué reglas, qué valores comunes gobernarán la inevitable coexistencia de, al menos, tres formas de organización colectiva: grandes empresas dedicadas a la racionalización y a la productividad máxima; pequeñas unidades funcionales que abran camino a los nuevos productos y los nuevos consumos, y cuya ley seguirá siendo el gusto por el riesgo y la búsqueda del máximo provecho; y servicios públicos, asociaciones y grupos muy descentralizados, poco preocupados por el rendimiento económico y financiero, pero sin embargo consumidores de mano de obra y dispensadores de esparcimiento.

¿Cómo se establecerá, en el seno de una sociedad convivencial presionada por el equilibrio exterior, la sutil dosificación entre dos mundos tan extraños entre sí, pero al mismo tiempo tan indispensables recíprocamente?

El desplazamiento de los conflictos empieza a sentirse en la mayoría de los países modernos. Durante mucho tiempo seguirán manifestándose en la empresa. Pero su detonador emigra progresivamente hacia otros temas de enfrentamiento: la ciudad, la salud, la educación. La holgura de la vida asociativa y la percepción de solidaridades de rechazo, de vecindad y de distracciones, testimonian nuevos deseos, suscitan nuevas experiencias, manifiestan tensiones ajenas al mundo de la producción.

Estos movimientos no son más que el comienzo de la transición hacia una sociedad de altísima productividad, en la cual los conflictos afectarán principalmente a los factores culturales, cuya apropiación se habrá convertido en el motor de la historia.

Será entonces cuando la informática, lenta pero seguramente, empezará a pesar sobre los elementos principales de la cultura: el lenguaje, sus relaciones con el individuo, e incluso en su función social; el saber, como prolongación de las memorias colectivas y como instrumento de igualación o de discriminación de los grupos sociales.


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