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Aceptar que Somos Hombres y Nada más que Hombres
El Ideal más Noble de la Especie Humana

La única barca sólida sobre la que navegamos somos nosotros mismos que, agua abajo, nos pintamos a través de la escritura que teje los hilos del reconocimiento

Por Francisco Castillo Vargas

Michel de Montaigne -moralista y filósofo francés (1533-1592), autor de Ensayos- había grabado en las paredes de la biblioteca de su castillo cincuenta y siete sentencias clásicas. Una de ellas, atribuida a Eurípides, decía: "Está bien que los mortales tengan pensamientos que no se eleven por encima de los hombres".

Una concepción encarnada del ejercicio de pensar -y de escribir, como forma de pintar al sujeto que piensa- que va tomando cuerpo a lo largo de los Ensayos hasta convertirse en una manera de hacer filosofía, permitió empezar a mirar el mundo olvidándose de los dioses.

Montaigne sabe que la curiosidad, que nos incita a meter la nariz en todas partes, es fuente del conocimiento. Y desconfía de la gloria que nos impide dejar nada irresuelto o indeciso. De ahí que levante la voz contra la pedantería, contra la banalidad del que pretende, con sus pensamientos, elevarse por encima de los hombres.

Es pedante el que no tiene otro criterio de verdad que su suficiencia porque es incapaz de distinguir lo imposible (lo que va contra el orden del curso de la naturaleza) de lo inusitado (lo que va contra la opinión común de los hombres) y no comprende el lugar de las razones de los hombres. Es pédante el que quiere conseguir objetivos y utilizar procedimientos que están fuera de su alcance, vendiéndose por cualquier fantasía o promesa lo que es propio de los hombres (la razón y la experiencia).

Ahogarse es el destino de la banalidad y de la pedantería. Ahogarse en la impotencia de su autosuficiencia, en el sin sentido del lenguaje confuso y pretencioso, inútilmente críptico, desarraigado del sujeto y de las cosas. "Cuando una alma está vacía y sin contrapesos se agacha más fácilmente bajo la carga de la primera persuasión". Y una alma está vacía cuando es insensible a la experiencia, como una superficie lisa, sin capacidad para ofrecer resistencia, al primer mensaje que llueva del cielo.

La verdad transita siempre por los caminos intrincados de este mundo. Quizá por eso Montaigne confiesa que él tropieza más fácilmente en terrenos llanos, como aquellos caballos que resbalan en caminos lisos.

Un pensamiento sin obstáculos es una creación artificial que le produce vértigo, desasosiego. El conocimiento es un largo camino sin fin en que siempre hay un lugar para el que venga después. "Así vemos Ðescribió su amigo Etienne de la Boétie- en un arroyo que fluye, una agua tras otra fluyendo sin fin, y así siempre, en un eterno pasar, una sigue a la otra que le huye. Aquélla es empujada por ésta, y ésta es adelantada por la otra: siempre el agua va en el agua, y siempre es el mismo arroyo y siempre es agua diversa".

Para fluir por este arroyo del conocimiento, siempre en el cauce de lo humano, el afluente que llega tiene un nombre: sujeto. Me gustaría más comprenderme en mí mismo que no en Cicerón, dice Montaigne.

Porque, finalmente, la única barca sólida sobre la que navegamos somos nosotros mismos que, agua abajo, nos pintamos a través de la escritura que teje los hilos del reconocimiento. El pensamiento es transitivo: fruto del diálogo con el otro o fruto de la ardua tarea de pintarse a sí mismo cuando el amigo falta. Amistad y escritura.

Este yo abierto al mundo, en el que se inscribe nuestra experiencia, es el único soporte tangible que nos permite salvarnos del hundimiento bajo el peso de cualquier persuasor. "Eres Dios en la medida en que te reconoces como hombre". Esta noble inscripción con que los atenienses honraron la vida de Pompeyo cierra la travesía de los Ensayos de Montaigne y abre el ideal más noble que la especie humana ha diseñado: aceptar que somos hombres y nada más que hombres.


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