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La
Incomunicación Afecta la Evolución de la Persona y la
Sociedad Se sabe hablar de las cosas, no del porqué de las cosas; la relación interpersonal no es vivida como una relación interhumana, sino como intercosificada. Por
Francisco Castillo Vargas La
pregunta puede no tener una inmediata respuesta, precisamente por efecto
mismo de la habitual incomunicación en que se está. El
hábito de la incomunicación ha hecho posible el gradual
empobrecimiento del hombre y de sus relaciones interobjetivas, de forma
que, de improviso, la comunicación factible en teoría
no ayudaría ya a la satisfacción de necesidades, angostadas
con anterioridad. Se ha perdido incluso la capacidad para usar otro
lenguaje que no sea el lenguaje de sociedad. El hombre actual se aburre, apartado de los objetos, necesita estar fuera de sí. El aburrimiento no es subsanable precisamente porque el otro está a su vez empobrecido. ¿Qué puede hacerse sino tratar de las cosas, y sólo de ellas, con el otro, allí donde ese otro tampoco sabe hablar sino de las cosas? El
interés que la anécdota ofrece hoy día, frente
al desinterés colectivo por el qué y porqué de
las cosas, mediante su referencia al complejo de motivaciones que suscita,
es una prueba de cómo el pensamiento se ha retraído hacia
el plano de la concreción, de tal forma que sólo opera
con soltura en el ámbito de la cosificación. Se
sabe hablar de las cosas, no del porqué de las cosas; la relación
interpersonal no es vivida como relación interhumana, sino como
intercosificada, y se prescinde de la premiosa consideración
a que la estimación del hombre como tal obligaría, en
pro de la fácil apreciación del hombre como un objeto-cosa
más. La
precisión acerca del qué comunicar puede alcanzarse atendiendo,
sobre todo, a aquellos que verifican la protesta y a la motivación
de la misma. Con todo lo que ella pueda tener muchas veces de apráctica,
la protesta supone la concienciación más o menos lúcida
de la necesidad de comunicación y el plano en que ésta
se desenvuelve. Esta
protesta actual se centra en dos órdenes de la realidad: el social
y el psicológico. La incomunicación social da lugar a
la compartimentación de la realidad social, incomunicación
que se mantiene por la utilización de círculos linguísticos
precisos, caracterizada por la restricción en el decir. El no
poder decir lo que se quiere decir está planteado hoy día
como la necesidad más apremiante. Que esta necesidad de decir
no sea satisfecha es lógico, dado que este decir ha de ser forzosamente
crítico de una estructura que ha hecho posible el desinterés
colectivo respecto a cualquier instancia positiva de socialidad. En
el nivel psicológico la necesidad de comunicación se plantea
como instancia a la eliminación de tabúes sociales que
se han internalizado de persona a persona y que imposibilitan, incluso
en el plano del microgrupo más reducido que es la pareja, la
plena comunicación multidimensional. Aun en la relación
dual más íntima, gravita la presión que sobre ambos
miembros de la pareja ejerce la serie de restricciones a que se obligan,
si al propio tiempo pretenden mantener su engarce con el macrogrupo
al que pertenecen. La protesta, pues, se hace aquí en favor de
la espontaneidad. En cualquier caso, la incomunicación afecta el desarrollo personal. Por eso, antes de considerar las diferentes formas de protesta colectivas e individuales, prácticas y aprácticas- debemos plantear de qué manera la incomunicación afecta la evolución de la persona y la sociedad.
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